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viernes, 22 de octubre de 2010

La playa de Espolla


En el Pla de l'Estany, donde vivo, existe una laguna temporal que emerge cuando, tras una larga temporada de lluvias, las capas freáticas que alimentan el lago de Banyoles van sobradas de agua. Entonces, bajo la tierra, las aguas recorren pasadizos subterráneos hasta emerger a varios kilómetros de allí, en lo que se conoce como la playa de Espolla (un prado de gramíneas casi siempre, playa sólo una vez cada tantos años...). Cuando eso sucede, en la playa de Espolla, ubicada en el pla de Martís, empiezan a suceder fenómenos curiosos. Primero, cuando el agua empieza a manar del subsuelo, un montón de burbujas fluyen al exterior tocando una música sibilante mientras la superficie va inundándose progresivamente. Cuando el proceso termina, la vida empieza a florecer. Aves acuáticas acuden en busca de alimento. Garzas reales, patos, golondrinas, vencejos... Tras días de inundación permanente, llegan los invitados de honor: los triops, animales invertebrados de lo más extraño cuyos huevos permanecen enterrados y aletargados hasta que tienen agua suficiente para eclosionar. Cuando lo hacen, nadan de aquí para allá con su pinta antidiluviana y apuran su cortísima vida para realizar una puesta que...quien sabe cuando verá la luz.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Batman, you can!

Paso unos días en Barcelona, y me quedo a dormir cerca de la Sagrada Familia, un barrio en el que viví hace años y que frecuento con regularidad. Veo el archifamoso templo de Gaudí desde la ventana, rodeado de gigantescas grúas y andamios, la misma estampa que observaba cuando era vecina de este distrito de l'Eixample Dreta, hace más de quince años. A mí, sinceramente, nunca me ha gustado la Sagrada Familia. Pero no sé si es porque la encuentro tétrica y triste o porque el ambiente que se ha generado a su alrededor es un auténtico coñazo. Pasear por los aledaños de una de las iglesias monumentales más visitadas del mundo es un suplicio. Con todos los rebaños de turistas detenidos a todas horas frente a las torres sacando fotos, los chiringuitos de souvenirs y la troupe de mujeres del este que han hecho de la mendicidad su forma de vida, me entran ganas de esquivar cómo sea el monumento, pero es imposible cuando se intenta salir de la boca del metro. Llego a casa, anhelando un poquito de tranquilidad, y al cabo de unos minutos suena el carrillón electrónico que me deleita, un montón de veces al día, con las notas del Rosa d'Abril, La Moreneta, Rossinyol que vas a França o El ball de la Civada. Qué guay.
Sin embargo, desde que sé que Batman ha llegado a Barcelona, tengo esperanzas de que este sinvivir llegue pronto a su fin. Por lo que cuentan, el Hombre Murciélago anda instalado en una de las torres del templo expiatorio, sin duda preparando un plan de ataque para los que pensamos que sólo un superhéroe podrá resolver esta situación. Por favor, Batman, haz algo: Llévate a toda esta peña de aquí, y ya de paso, al carrillón y a Subirachs, si no es pedir demasiado.¡Sí, tu puedes!

miércoles, 1 de julio de 2009

Bioparc: un zoo del siglo XXI

Estuve recientemente en el zoo Bioparc de la ciudad de Valencia y me pareció un ejemplo estupendo de lo que puede ser un buen zoo. Han conseguido una buenísima inmersión del visitante y de los animales en el paisaje (que simula el África ecuatorial, la sabana africana y Madagascar), a pesar de ser un parque rodeado por la ciudad. Las especies están agrupadas por ecosistemas y uno le parece ver a los leones junto a los antílopes, aunque por supuesto hay un foso invisible entre ambos. Han conseguido también espacios desde los que se pueden observar a los animales desde perspectivas realmente sorprendentes y las instalaciones son amplias y están impolutas.
Podríamos estar hablando horas y horas sobre si los zoos son o no son necesarios y seguramente no nos pondríamos de acuerdo.
Yo voy al zoo desde que era muy pequeña. He visto parques zoológicos en varias ciudades del mundo a lo largo de los años y tuve una estrecha relación con el de de la isla de Jersey, que fue fundado por el naturalista Gerald Durrell, autor de la novela "Mi familia y otros animales". Durrell fue para mí decisivo, podría decir que encaucé mi carrera profesional, que iba por otros derroteros, hacia el mundo de la naturaleza porque sus opiniones sobre la conservación, su zoo y sus novelas me sedujeron lo suficiente como para cambiar de rumbo.
Es cierto que los zoos empezaron como colecciones de animales, sin ningún tipo de ideología conservacionista ni educativa. Eran meras prisiones donde los humanos podían observar varias especies animales fuera de su contexto y sin ningún tipo de información, simplemente por acercarse a ellos con morbo, curiosidad y sentimiento de superioridad. Pero de eso hace ya mucho tiempo y las cosas han cambiado mucho y para bien. Hoy, la mayor parte de los zoos se esfuerzan en ser una herramienta útil para la recuperación de especies en peligro de extinción y en ofrecer programas educativos para que nosotros, los Homo sapiens, intentemos mejorar nuestra relación con el medio ambiente, en concreto con la fauna, a la que nos conviene, no sólo por cuestiones éticas, sino sobre todo por razones económicas, salvaguardar para asegurarnos un futuro a largo plazo.
En los zoos del siglo XXI, los animales proceden de programas de reproducción en cautividad sujetos a rígidas normativas legales. Cuentan con la mejor alimentación posible y con buenas condiciones de espacio y de enriquecimiento de hábitat. Siguen desde luego existiendo zoos penosos, deprimentes y ajenos a lo que hablamos y espero que la ley consiga clausurarlos cuanto antes. Pero los hay que entienden que un zoo, que es carísimo de crear y mantener, cuanto mejor sea, más negocio generará.
Educar en pro de la conservación es, creo, esencial y ver los animales como se pueden observar en un buen zoológico causa impresiones difícilmente reproducibles en un documental. Además, siempre que visito uno, observo a mucha de la gente que acude a ver a los animales y no me cabe duda de que realmente, queda mucho por hacer.

jueves, 28 de mayo de 2009

Holocausto renacuajil

El otro día escribía, alucinada, la nota «Paseo matinal en mayo» en la que narraba la explosión de vida observada con atención en la playa de Espolla, una laguna temporal que hay en el pla de Martís, en Fontcoberta, Girona.
Sin intención de deslucir lo que dije, el último paseo que hice me provocó sensaciones opuestas. La laguna estaba con el nivel de agua bajo mínimos, el sol pegaba fuerte y olía bastante a lodo y a podrido. Miles de renacuajos (no exagero) se debatían entre la vida y la muerte en la poca agua que quedaba. Había tantos que se oía una especie de fragor constante: el de los pobres bichos retorciéndose tratando de captar algo de oxígeno en el líquido putrefacto. Había renacuajos de sapo común y de sapo corredor (en periodo de comprobación…) y en un sitio en concreto, también un montón de triops. Mis dos hijos y otros chicos que había por allí, cargados de aperos tipo operación rescate, traspasaron centenares de renacuajos de las charcas agonizantes a la parte de la laguna más llena. «Llena por unas horas», pensé sin decírselo. A cabo de dos días ya no había nada. Solo una ingente masa de materia orgánica sobre la cual las gramíneas empiezan a brotar con entusiasmo, cubriendo los últimos restos de esa laguna que tanta vida acuática ha alumbrado durante unos meses. Así es la vida, amigos.
Ahora, miles de sapos diminutos corretean por doquier, es casi imposible no pisarlos y pienso, al ver tamaña cantidad, que menos mal aquella profusión de renacuajos no llegó a prosperar. Uf, sería como la marabunta pero en plan sapos.
En casa, tengo una palangana llena de renacuajos sobrevivientes del holocausto. Resulta que los renacuajos más grandes, los de sapo corredor (en periodo de comprobación…), se han comido a los de sapo común, más pequeños y negros. Joder, con perdón, cuanta muerte renacuajil, hasta el gorro estoy. Una curiosidad: a estos bichos les encanta el pienso de perro. Ayer muchos de “mis” renacuajos ya lucían patitas diminutas, perderán más de la mitad de tamaño cuando se conviertan en sapos. Espero que se den prisa en acabar la metamorfosis se larguen cuanto antes. Así por la noche, con las ventanas abiertas, podré oírles croar. Y se buscarán la vida...

martes, 19 de mayo de 2009

Paseo matinal en mayo

Antes de las nueve de la mañana doy mi paseo matinal por el pla de Martís, un sitio estupendo ubicado en Fontcoberta, cerca de Banyoles. Las generosas lluvias de este invierno e inicios de primavera han llenado tanto el lago de Banyoles que, a través de sus sumideros subterráneos el agua ha llegado hasta aquí, colmando el espacio conocido como la playa de Espolla, a varios kilómetros del lago. Esta “playa” tan peculiar cuenta con agua sólo de vez en cuando, siempre que las precipitaciones así lo permitan. Puede que sea una vez al año, o cada dos. En este 2009 estamos de suerte porque se ha llenado dos veces consecutivas. Y ya se sabe, el agua es vida. Cuando está llena, la playa de Espolla es un hervidero de vida. En esta ocasión no hay triops. En el agua, los sapos han puesto millares de huevos durante las últimas semanas. En especial el sapo corredor (en periodo de comprobación) y el común. Hoy, habían centenares de diminutos sapillos que, tras la metamorfosis, corrían por los aledaños a la playa, alejándose y buscando cobijo entre los matorrales. Increíble, la estrategia de reproducción de la r, en la que, al contrario que en la k, los progenitores producen descendientes a punta pala, de los cuales sobrevivirán muy pocos.
El nivel del agua disminuye día a día, no llueve y el sol pega fuerte. En las charcas cuento centenares de renacuajos condenados a morir. En el suelo, donde el agua ya desapareció hay montones de renacuajos muertos o a punto de hacerlo. Es alucinante lo diferentes que son los renacuajos de las dos especies. Los del sapo común son negros y pequeños, los que todos estamos acostumbrados a ver. Los renacuajos de sapo corredor (en proceso de comprobación...), en cambio, son muy grandes, de color marron y un poco transparentes.
Más allá, oigo a unas ocas graznar en el terreno de una casa con frutales. Me fijo y veo a unos cuantos cuervos sobrevolándolas rasantemente. Seguramente las ocas han puesto huevos, quizá han nacido ya los polluelos, y los cuervos piensan en ellos como un delicioso manjar. Por supuesto los córvidos desisten de su empeño, cualquiera se enfrenta a un grupo de ocas enfadadas. Un grupo de urracas ha visto la escena y monta una algarabía espectacular.
En el suelo las hormigas abren puertas a sus hormigueros por doquier, dejando montoncitos de tierra apilonada alrededor de las aberturas. El polen de los chopos, omnipresente, se enreda en todas las plantas, y, tras el rocío de la mañana, parecen húmedas telas de araña. Las golondrinas y los aviones atrapan insectos en el agua. Un ratonero se aleja con algo entre las patas y yo me voy a casa. Habrá que trabajar un poco, ¿no?

La foto es de Pere Soler Isern, al que le he pedido que me deje colgarla aquí. Guapa, ¿eh?
(http://www.flickr.com/photos/8191458@N05/3173641024)

jueves, 12 de marzo de 2009

Per fi, primavera

Ahir vaig veure la primera oreneta de l’any. Per fi ha arribat la primavera! Què millor per celebrar-ho que passejar pels aigüamolls de l’Empordà, oi? Des de l’agüait vem estar veient ànecs coll verd, roncaires, agrons, bernats pescaires (fins a 15, en filera i despentinats), fotges, xarxets, batallaires, arpelles, agrons, mosquiters, un cigne, un munt de cigonyes emparellades i al niu... i moltes orenetes. Un passeig de luxe sota una llum que ens va fer sentir .... UAU! Jordi et Martin...je vous aime, mes amies... encara que no parli francés. Merci beaucoup. (Martí, posarem alguna de les teves fotos ici?)

sábado, 25 de octubre de 2008

Benidorm "experience"

He estado un par de días en Benidorm, donde he participado en un ciclo de conferencias. No había estado en esta ciudad (ni en ninguna parecida) desde que era pequeña. Es decir, hace por lo menos 30 años. Algo impresionada por lo que me iba a encontrar, pensé, mientras el avión me llevaba a Alicante, en una conversación que tuve hace tiempo con José Santamarta, director de WorldWatch en España, acerca del turismo sostenible. Él, vehemente como es, me expuso una idea interesante acerca de la supuesta sostenibilidad esgrimida por el turismo disperso, ése que busca destinos apartados, en casas rurales y demás, las cuales a menudo no tienen, por ejemplo, ni conexión al alcantarillado. Salió a relucir el extremo opuesto: Benidorm, Salou y demás. Según su opinión, este tipo de destinos “verticales”, en la que la gente se acumula en una área geográfica pequeña en edificios súper altos, suelen ser mucho más ecológicos. O por decirlo de otra manera, menos dañinos con el medio ambiente. Sus gestores pueden, además, al generar muchos ingresos, revertir parte de ellos en recuperar las aguas pluviales para el riego o en canalizar el agua de mar para abastecer los grifos lavapiés en las extensas playas, entre otras medidas de ahorro de recursos.
En eso pensaba cuando, ya en coche, avisté esos edificios que, a modo de colmenas gigantes, configuran un paisaje cuanto menos sorprendente. A pesar de estar a finales de octubre, el personal andaba en manga corta y yo, achicharrada. Por la noche, paseando al lado del mar, aluciné observando el montón de bares musicales, tiendas y restaurantes de todo tipo que, con bastante afluencia de público, permanecieron abiertos hasta las tantas de la noche, un martes a cuatro patadas del invierno. Los turistas son sobre todo jubilados, tanto nacionales como extranjeros, en especial del norte de Europa. Por la mañana, comprobé que la playa estaba repleta y el agua, de lo más transparente. Benidorm es como vivir eternamente en una ciudad de vacaciones que mantiene una temperatura media muy templada. Una ciudad de servicios y de múltiples ofertas de ocio que es como un imán para un público numerosísimo y cuyos habitantes nativos, al menos los que yo conocí, están encantados de vivir en ella. Sí, la teoría ya la sabía, pero ahora lo he comprendido. En verano, fijo que debe ser una película de terror y, aunque a mi me pareció estar en la twilight zone, la verdad es que flipé en este mundo aparte.